Agosto friolento

Un día hay vida. Por ejemplo, un agosto friolento de 1994, el invierno que trajo a mi hermano. El invierno que dejé de ser hija única, el día que me coronaron: hermana mayor. Para mis abuelos, Alejo era un santo.

En comparación con mis travesuras, Alejo vino directo del Vaticano. No me quiero imaginar la escena de los primeros años: pañales, papillas y libros infantiles míos. Creo que en alguna parte de mi ser quise eliminar la papilla de mis libros y de mi histórico orden, pero no pude. Me miraba con tanto amor que no me quedaba otra que decirle “Ajó” y enseñarle a hablar.

Mi hermano fue Candela invertido: si yo dejaba el pañal al año, él no. Si yo hablaba sin parar, él apenas contaba algo. Si yo le decía a mi mamá: yo solita, él necesitaba compañía. Si yo posaba en todas las fotos, él se escondía con simpatía.

En Navidad encontré esta foto y la digitalicé. Pasaron muchos años desde 1993 hasta hoy pero siempre debemos regresar a nuestros principios. El hoy es distinto: los dos hablamos muchos, fuimos y somos alumnos ñoños y quizás haya aprendido que no podía todo, yo solita.

Hoy cuando no llego a agarrar las galletitas que estaban arriba del aparador, no puedo yo sola, le pido a él , que me lleva dos cabezas. -Ale, me ayudás? Todavía se esconde en las fotos. Yo salí blogger.

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